Aceptar lo que somos
En muchos momentos a lo largo de nuestra vida no nos comportamos o no reaccionamos como nos gustaría. Perdemos el control, actuamos de forma inmadura o egoísta, nos volvemos intolerantes o hacemos daño a los demás, incluso a las personas que más nos importan. Una vez que lo hemos hecho, no siempre somos capaces de aceptar que, efectivamente, nos hemos comportado así o que tenemos determinados defectos.

En estos casos, buscamos a quien responsabilizar del hecho o negamos tozudamente lo ocurrido, lo ocultamos o incluso mentimos, para de este modo poder negarnos a nosotros mismos que somos responsables de dicha conducta y, sobre todo, ser capaces de eliminar los sentimientos negativos que el hecho ha generado en nosotros.

Sin embargo, aunque en un primer momento esto nos produce alivio, el no admitir esto en nosotros nos llevará, en primer lugar, a repetir la conducta que no nos gusta siempre que dé un hecho parecido y, en segundo, nos impide desarrollar todo nuestro potencial y ser auténticamente nosotros mismos.

Cuando actuamos mintiendo, negando o escondiendo, centramos todos nuestros recursos personales en ocultar nuestras debilidades en lugar de en desarrollar nuestros talentos y capacidades.

Para evitar esto, debemos aceptar que todos, en algún momento, nos sentimos perdidos, inseguros, asustados y eso nos lleva a cometer errores. Si en lugar de ocultárnoslo a nosotros mismos analizamos esas conductas, asumimos que las tememos, tendremos la posibilidad de aprender de nuestros errores, en lugar de pasarnos la vida evitándolos, o intentando aparentar que no tenemos ninguna debilidad o defecto.

Somos humanos y, por tanto, nos equivocamos. Pero si aceptamos como somos podremos, poco a poco, ir corrigiendo de nosotros aquello que no nos gusta, mejorando y creciendo como personas y, sobre todo, viviremos libres del miedo a que los demás descubran que, efectivamente, no somos perfectos.