Aprende a no hacer nada
Pasamos gran parte de nuestra vida aprendiendo. Este punto es positivo porque favorece la superación personal. Sin embargo, existe una actitud que no tenemos tan interiorizada: la virtud de no hacer nada es excelente en muchos momentos, por ejemplo, en el verano. Pero en cambio, existen prejuicios vinculados con este modo de ser, por ejemplo, la pereza siempre ha sido muy censurada en la educación que los padres dan a sus hijos. Ser trabajador no tiene nada que ver con no sentir pereza en muchos momentos o con tener días en los que lo único que haces, es ver cómo pasan las horas del reloj.

El arte de no hacer nada te permite improvisar y también, relajarte y desconectar del estrés. En caso de que siempre te guste estar ocupado, entonces, puedes intentar averiguar qué miedo se esconde detrás de tu necesidad de estar activo siempre. No pasa nada por parar y detener el ritmo. De hecho, este descasno te permite crecer puesto que las grandes ideas suelen venir en un periodo de descasno después de haber detenido la actividad.

Aprende a no hacer nada: levántate más tarde un fin de semana, pasa el día en casa, túmbate en el sofá, deja que pasen las horas… Eso que te parece una pérdida de tiempo en un principio puede hacerte sentir muy bien. Te permite tener más bienestar emocional e ilusión. El arte de no hacer nada te conecta de una forma directa con el presente porque te centras en el aquí y en el ahora.

Dependiendo del trabajo, puede que una persona tenga que hace mucho más esfuerzo para desaprender ciertos hábitos. Por ejemplo, los ejecutivos que viven tan conectados con la actividad, en el verano, son víctimas del síndrome de abstinencia que produce pasar del trabajo a la apatía.