
Desde pequeños nos han enseñado que está bien expresar emociones positivas, como la felicidad o el amor, pero que no está bien hacerlo con las negativas, como el enfado, el miedo o la ira. Esta represión lleva al niño a no saber manejar dichas emociones y a que el único mecanismo con el que cuente para hacerlo sea, efectivamente, la represión de dichos sentimientos.
Cuando crecemos y llegamos a ser adultos, a menos que en el camino hayamos aprendido a expresar dichas emociones de forma correcta, las seguimos reprimiendo y negando. Cuantas más emociones negativas reprimimos, peor nos sentimos. Nos mentimos a nosotros mismos diciendo que no tiene importancia, que estamos bien, aunque realmente nos sintamos realmente dolidos. Y esto lo hacemos en todos los ámbitos de nuestra vida, tanto en la pareja, como con nuestra familia, con los amigos o en el trabajo.




























































