Cómo evitar un divorcio traumático
Divorciarse siempre es una experiencia dolorosa, porque significa perder a la persona con la que hasta ese momento habíamos compartido nuestra vida, tener que abandonar el hogar común y, si existen hijos comunes, supone, para quien no se queda con los hijos a su cargo, tener que adaptarse a un régimen de vistas, horarios, etc…

Sin embargo, depende muchas veces de los cónyuges evitar que el divorcio se transforme en una batalla campal en la que el único objetivo de cada uno de ellos sea hacer todo el daño posible al otro, con lo cual se transformará en una experiencia amarga que nos marcará de por vida.

Si es posible, lo mejor es redactar nosotros mismos el acuerdo de divorcio, determinando el régimen de visitas, quien se queda con la vivienda, la pensión, etc.

Esto no siempre es posible, sobre todo cuando el divorcio se produce después de que el daño y el resentimiento ha crecido entre los miembros de la pareja, pero, si no podemos redactar todos los puntos, si buscar alguno en el que estemos de acuerdo.

Si podemos, lo mejor es hablar los dos con los hijos. Cuando lo hagamos, evitaremos echarnos las culpas, sino que trataremos de explicarles la situación del modo más objetivo posible. Si son mayores, podemos consultar con ellos los puntos que les afecten del acuerdo de divorcio, para que la transición sea lo más sencilla para todos los miembros de la familia.

Es importante también darse tiempo para asumir la nueva situación y procesar emocionalmente el daño que hemos sufrido, por lo que, aunque nos llevemos razonablemente bien con nuestra ex pareja, no deberemos intentar forzar una amistad o una buena relación con él o ella hasta que nos sintamos capaces de ello, lo que no significa que, hasta que lo logremos, no podamos mantener un comportamiento civilizado.