Cómo extinguir conductas no deseadas en los demás
Los niños son especialistas en exasperar a los adultos. Una y otra vez se dedican a repetir esas conductas que nos ponen nerviosos y nos sacan de quicio, haciendo que terminemos chillando y castigando al niño, con la esperanza de que así deje de hacerlo pero, no sabemos por qué, no lo logramos.

Lo mismo sucede con ese compañero de la oficina o ese familiar que se dedica a hacer o decir eso que sabe que nos pone nerviosos. Intentamos contenernos pero, al final, perdemos el control y gritamos que nos deje en paz, pensando que de ese modo lo lograremos, pero, al igual que ocurre con el niño, no es así.

El problema es que, sin darnos cuenta, estamos utilizando una estrategia equivocada que, en lugar de hacer desaparecer la conducta, la refuerza. Para lograr que el niño, el familiar o el compañero de trabajo dejen de comportarse de este modo, tenemos que recurrir a lo que en psicología se conoce como extinción, es decir, ignorar los comportamientos molestos o desagradables que sólo buscan, en el caso del niño, llamar nuestra atención o, en el caso del adulto, controlarnos.

Por supuesto este método no se debe aplicar a conductas que deben ser modificadas inmediatamente, como si el niño intenta tocar un enchufe o a comportamientos que resulten degradantes por parte de otros adultos.

La extinción requiere de una gran paciencia, ya que deberemos ignorar el comportamiento hasta el final. Si no lo hacemos, habremos reforzado la conducta con el refuerzo intermitente (no hacemos caso a la primera, la segunda o la tercera, pero a la cuarta sí).

También es necesario saber que, cuando el niño o el adulto se sientan ignorados, tenderán a intensificar la conducta, el niño se portará peor y el adulto se volverá más recalcitrante.

Finalmente, deberemos reforzar las conductas positivas, es decir, aquellas puestos al comportamiento que queremos eliminar.