¿Con qué te comes las emociones?
Acabas de discutir con un amigo o con tu pareja. No ha sido una discusión importante y no tendrá repercusiones, pero tú te sientes dolido o dolida por lo sucedido. Sin pensar en cómo te sientes, te dice a ti mismo que estás bien, que no te importa lo ocurrido y cuando llegas a casa te diriges directamente a la nevera o a la despensa, coges un helado de chocolate o una bolsa de patatas fritas y te lo comes casi entero esperando así liberarte de la angustia, la pena o la rabia.

Cuando comemos porque nos sentimos tristes, disgustados, rabiosos, enfadados…, no lo hacemos porque tengamos hambre, sino que nos estamos alimentando emocionalmente, es decir, en lugar de sentarnos y saber cómo nos sentimos y ayudarnos a nosotros mismos a manejar, reconocer o aceptar dichas emociones y sentimientos, ya sea solos o en compañía. Con ello, sin darnos cuenta, intentamos hacerlos desaparecer bajo la comida.

Todos nos alimentamos de forma emocional de vez en cuando, incluso cuando tan sólo nos sentimos aburridos y no encontramos nada que nos estimule y nos saque de ese estado. Sin embargo, si lo hacemos de forma continua y sin ser conscientes de ello, termina siendo un problema para nuestra salud, tanto física como emocional.

Evitarlo no es fácil, sobre todo porque no solemos ser conscientes de ello. Para lograrlo, debemos comenzar identificando las situaciones críticas, es decir, esos momentos en los que, sin darnos cuenta, hemos devorado ya una bolsa entera de patatas fritas o cualquier otro alimento, generalmente muy calórico. Es necesario prestar atención a estos momentos y a la emoción que sentíamos inmediatamente antes, para identificarla y reconocerla, evitando el autodiálogo y la crítica negativos.

Una vez identificadas, controlarlas resulta más sencillo, porque poco a poco, podremos sustituir la comida por el manejo adecuado de nuestras emociones.