Conocernos a nosotros mismos
En la antigüedad, los griegos que se acercaban al oráculo de Delfos a conocer su destino, se encontraban con esta máxima: “Conócete a ti mismo”, porque era el mejor consejo que los dioses del Olimpo podían dar a los humanos. Hoy día el consejo sigue teniendo la misma validez, porque el conocernos a nosotros mismos nos va a ayudar a encontrar la estabilidad emocional, la felicidad y la fuerza para conseguir las metas que perseguimos.

Sin embargo, conocernos a nosotros mismos no es fácil, ya que supone que conocemos nuestras capacidades, n limitaciones, defendemos nuestros intereses y nuestras motivaciones, sabemos lo que queremos y sentimos en todo momento y, en la mayoría de las ocasiones, esto no es así, y más que un conocimiento real de quienes somos conocemos quién creemos ser.

La mayor dificultad que se nos presenta a la hora de conocernos a nosotros mismos es que tenemos que hacer frente a esas partes de nosotros que no nos gustan demasiado, a nuestros defectos, a aquellos pensamientos o sentimientos que queremos ocultar, nuestras limitaciones… Cuando intentamos observar esta parte de nosotros mismos se ponen en marcha una serie de mecanismos de defensa que pretenden protegernos pero que nos cierran la posibilidad de cambiar lo que no nos gusta.

El conocimiento de uno mismo se logra mediante la introspección, es decir, analizarnos a nosotros mismos, tanto nuestro mundo interior, como nuestra actuación frente al mundo exterior. Esta segunda tarea nos suele dar datos más objetivos, ya que podemos analizar qué situaciones o actuaciones cultivamos, de cuáles huimos, cuáles nos cuestan y cuáles disfrutamos, y de ahí podemos concluir realmente cómo es nuestro comportamiento, cómo son nuestras relaciones con los demás, nuestro comportamiento, nuestra madurez emocional, etc.

Con ello, encontraremos el equilibrio psicológico y emocional, que nos va a permitir llevar una vida auténtica que nos conduzca a la felicidad.