Consecuencias de exigirnos demasiado
Cuando somos niños y tenemos que hacer algo como colocar la habitación o terminar los deberes, nuestros padres deben ir detrás de nosotros recordándonos constantemente lo que debemos hacer. Cuando crecemos, como parte del proceso de maduración, aprendemos a ser nosotros mismos quienes determinamos qué debemos hacer y cómo debemos realizarlo si queremos luchar por un objetivo, desempeñar un trabajo con eficacia o llevar a cabo cualquier tarea de nuestra vida cotidiana.

Es decir, aprendemos a exigirnos a nosotros mismos las conductas necesarias para llevar a cabo aquello que queremos hacer, sin necesitar a nadie que nos recuerde continuamente nuestras obligaciones. Cuanto mejor sabemos autogestionar nuestros proyectos, tanto vitales como profesionales, mayor madurez emocional hemos desarrollado.

Sin embargo, esta autoexigencia, que es positiva y necesaria, si se hace muy elevada, se transforma en algo negativo, en un factor que, en lugar de ayudarnos a lograr nuestras metas nos paraliza ante la imposibilidad de lograr la perfección que suponemos que deben alcanzar nuestros proyectos.

Esta excesiva autoexigencia suele nacer de una baja autoestima y de la necesidad de demostrarnos tanto a nosotros mismos como a los demás que somos personas válidas.

El precio a pagar por una excesiva autoexigencia es muy alto, ya que nos va a llevar a convertir nuestra vida en una interminable sucesión de “deberías” y obligaciones, preocupados por realizar todas nuestras tareas a la perfección, sin darnos un momento de descanso y sin perdonarnos si algo de lo que hemos hecho no cumple nuestras expectativas de perfección y control.

Todo esto se traduce en un alto nivel de estrés, derivado del miedo a cometer un fallo, lo que se traduce en enfermedades tanto físicas como emocionales. Esta autoexigencia también tiene una repercusión negativa en las relaciones sociales, ya que intentan controlar todo lo que el otro hace y que llegue a cumplir también sus expectativas de perfección.