Cuidado con el exceso de optimismo
A la hora de afrontar los desafíos a los que nos somete la vida, ser optimista es, indudablemente, una ventaja. El optimismo nos proporciona la ventaja de ver soluciones positivas incluso en las situaciones más complicadas, nos permite confiar en que seremos capaces de solucionarlas y confiar en que, a la larga, todo saldrá bien.

Esto, que indudablemente es imprescindible si no queremos caer en el desánimo y en la desesperanza o sentirnos vencidos por la vida, se puede convertir en un problema si nos convertimos en unos optimistas absolutos, incapaces de ver otra posibilidad que no sea la de lograr el éxito en aquello que llevamos a cabo, debido a que este optimismo constante nos lleva a no ser capaces de asumir que puede que no logremos el éxito en un momento determinado o que puede que éste tarde más en llegar de lo que pensamos.

Esto es especialmente importante cuando nos vemos sometidos a situaciones muy estresantes desde el punto de vista emocional, como la pérdida de un ser querido, un divorcio, problemas continuos en el trabajo o en casa, etc. En estos casos, el optimismo ciego puede jugar en nuestra contra. Por ello es muy importante ser optimista pero sin perder nunca la conexión con la realidad.

Esto se debe a que, si esperamos siempre que la solución esté a la vuelta de la esquina y esta tarda en aparecer, poco a poco nuestro optimismo y nuestra confianza también lo hará, y al no poder hacer una valoración objetiva de la realidad, pasaremos directamente al otro extremo, es decir al pesimismo más absoluto en el que no encontraremos solución a nada.

Por ello, es importante cultivar un optimismo realista, que nos permita analizar con objetividad los problemas a los que hacemos frente, y poder manejar también el sentimiento de decepción y las emociones que aparecen si no logramos solucionarlo.