Culpabilizar a los demás de tus problemas
Existen personas que tienen una clara tendencia a no asumir su responsabilidad en determinados hechos y acontecimientos de la rutina diaria. Tal vez este hábito no sea demasiado grave en determinadas circunstancias, sin embargo, cuando hablamos de sucesos importantes es un error que hace mucho daño a los demás: vivir culpando siempre a terceras personas sobre algo que has hecho tú mismo. En el ámbito de la pareja, puede ser muy frustrante a nivel emocional estar con alguien que no es lo suficientemente adulto a la hora de saber que actuó mal.

En la vida, y en todos los planos, existe algo que es excelente para estar en contacto con la humildad: y es perdir perdón. A tu familia, a tus amigos, a un compañero de trabajo al que aprecias de verdad, en general, a cualquier persona que te importe y a quien valores. Pedir perdón es bonito porque te permite hacer borrón y cuenta nueva ya que cuando lo dices te liberas del sentimiento de malestar que a veces genera saber que no hemos actuado de la forma adecuada.

Cuando pides perdón te conviertes en responsable directo de tus acciones, de tus palabras y de tus sentimientos. Sin embargo, cuando te encuentras con alguien que siempre culpa a terceros entonces esa persona muestra la actitud infantil de creerse víctima del azar o del destino. Pero además, te encuentras ante una persona que no te toma lo suficientemente en serio como para poder mantener una conversación de igualdad en la que el otro se ponga en tu lugar mediante el arte tan necesario de la empatía.

Pedir perdón nos humaniza. Pero la realidad es que a veces, el orgullo puede ser el mayor enemigo de uno mismo a la hora de reconocer los propios errores. Lo cierto es que pedir disculpas te ennoblece y te hace ser una persona consciente de ti misma y de tus límites.