Desnudar el alma frente al espejo
Cuerpo y alma, dos realidades del ser humano. Sin embargo, en la sociedad actual se valora mucho, tal vez demasiado, el poder de la belleza y de la perfección corporal. De hecho, en cierto modo, parece que no se valora tanto la inteligencia como el físico teniendo en cuenta que hoy día las dietas, las visitas a los gimnasios o el deporte son un referente. Sin embargo, no sucede lo mismo con la lectura de libros que pueden llegar a tener una función puramente decorativa en el salón de casa. El alma no se ve pero se siente.

Por ello, cuando estás en un momento de infelicidad vital no tienes ganas de relaciones sociales, te falta ilusión y motivación, observas la realidad desde el prisma de la negatividad, el miedo aumenta… Pero también es verdad que desnudar el alma es mucho más difícil que desnudar el cuerpo. En el sentido de que no es fácil compartir las emociones, contar un secreto, entregar el espíritu a través de la palabra en algo tan esencial como el conocimiento que funda el amor o la amistad verdadera.

Tampoco es fácil desnudar el alma ante uno mismo. Ser conscientes de nuestras virtudes y de nuestros defectos. Mirarnos frente al espejo sin sentirnos verdaderos extraños en ciertos momentos. ¿Por qué sucede todo esto? Porque vivimos en la sociedad de la exterioridad, es decir, tenemos tanto ruido alrededor que es muy difícil centrarnos en nuestro yo a nivel individual.

De hecho, a veces, hay que hacer un gran esfuerzo por buscar el silencio para poder pensar y meditar con calma. El espíritu crece con el paso de los años mientras que el cuerpo se deteriora en base a la ley del tiempo. Por ello, cuando tengas ochenta años serás menos atractivo, sin embargo, tendrás una mayor perfección anímica gracias a la sabiduría de la experiencia.