La palabra egoísmo siempre tiene una acepción negativa. A ninguno de nosotros nos gusta que nos llamen egoístas, ya que ello quiere decir que sólo pensamos en nosotros mismos y que siempre nos ponemos por delante de los demás. Sin embargo, hay un tipo de egoísmo que todos deberíamos practicar, porque redunda tanto en nuestro beneficio como en el de los que nos rodean, que es el egoísmo sano.

Aunque parecen dos palabras incompatibles, no lo son. El egoísmo sano consiste en algo tan beneficioso para nuestra autoestima como respetar nuestras necesidades y nuestros sentimientos aunque los demás no lo hagan.

Frente al egoísmo, siempre se ha visto la dedicación abnegada hacia los demás como una virtud. Pero si siempre ponemos por delante las necesidades de los demás acabaremos por generar un gran nivel de estrés que, a la larga, supondrá un alto coste emocional para nosotros, hasta el punto que podemos terminar cayendo en una depresión.

El egoísmo sano se basa en la idea de que la base de las relaciones es la reciprocidad, es decir, que haya un equilibrio entre dar y recibir. Esto no quiere decir que cuando demos lo hagamos con la intención de recibir, pero sí significa que tendremos que llegar a pactos y acuerdos tanto con nuestros familiares, pareja o amigos que nos permitan lograr un equilibrio entre sus demandas y las nuestras.

También debemos tener en cuenta que el egoísmo sano no significa pensar sólo en uno mismo. El egoísmo sano significa hacer lo que es mejor para cada uno para que nuestras relaciones con los demás sean beneficiosas y enriquecedoras para todos. Si somos egoístamente sanos no necesitaremos ser manipuladores, ni practicar chantaje emocional o comportamientos pasivo-agresivos para lograr lo que queremos, lo que redunda en relaciones personales más sanas.