El abismo del dolor que pesa toneladas
El dolor está ahí, es una realidad que forma parte de la vida. Si te cortas por accidente con una tijera el dedo entonces, te sangra, del mismo modo, en otras situaciones de la vida, te sangra el alma. Así sucede en la derrota del amor, en la traición, en el desempleo agónico, en la muerte de un ser querido al que se quería por encima de todo…

En la sociedad de la autoayuda y del pensamiento positivo no siempre es fácil hablar del dolor con un sentido humano. Y es que es normal, que por momentos, alguien sienta que no puede más, que ya no tiene fuerzas para afrontar la pena. ¿Qué hacer entonces? Descansar, cuidar de ti, centrarte en ti mismo y olvidarte de todas las expectativas que otras personas hayan depositado en ti. Eso no es egoísta sino una necesidad vital. Una cura de urgencia para el alma que necesita ser atendida, pararse y buscar la calma.

El dolor no se ve, sin embargo, se siente por ello, el protagonista de un sufrimiento puede medir de una forma metafórica el grado de su dolor. Existen tristezas que pesan toneladas y que pueden llevarte al abismo de la desesperanza. Cuando eso suceda, concédete el derecho de sentirte así, pero también, apuesta por recuperar la alegría. ¿Cómo? Buscando apoyo y rodeándote de los amigos y familiares que de verdad te hacen sentir bien.

En momentos de profundo dolor serán muy pocas las personas que logren transmitirte un poco de serenidad y de paz. Por ello, evita las multitudes y todas las relaciones superficiales. El paso del tiempo alivia las penas, por ello, las toneladas poco a poco, se transforman en gramos de pena o de melancolía. La vida es una lucha interminable y así como no hay mal que cien años dure tampoco hay alegría que dure eternamente.