El arte de la prudencia
Sin duda, la vida es todo un arte y un juego de equilibrio, de azar, de voluntad y de mucha sabiduría. Aprender a vivir mejor: ese es el reto más complicado que puedes hacerte cada día, y que además, resulta indispensable para tu superación personal y tu bienestar interior. De hecho, te sientes mucho mejor contigo mismo en la medida en que vives al cien por cien el presente y te implicas en tu destino.

¿Cómo se consigue este objetivo? En parte, a través de una virtud tan importante como la prudencia. Ser prudente implica reflexionar las cosas, saber valorar todo en su justa medida, dar tiempo al tiempo antes de tomar una decisión, no juzgar a las personas por su apariencia sino saber esperar para conocerles…

Las personas prudentes tienen una sabiduría interna que se contrapone a la de aquellos que se rigen constantemente por puro impulso o por el apetecer. Por supuesto, que en más de una ocasión, vale la pena hacer caso de una intuición, sin embargo, es muy arriesgado vivir siempre de este modo. Una vida estable aporta seguridad y tranquilidad, por ello, es tan necesaria la prudencia.

Por otro lado, la prudencia también se valora mucho en las relaciones interpersonales. Y es que, una persona prudente sabe encontrar el límite entre aquello que debe decir o aquello que no para respetar la intimidad del otro o para dejar que la relación fluya a su ritmo y poco a poco, se genere la confianza de una forma natural. En el ámbito laboral, también es una suerte para una empresa encontrar a trabajadores que tienen este modo de ser reflexivo, pausado y tranquilo.

La virtud de la prudencia fue muy estudidada en la filosofía por los grandes filósofos clásicos: Sócrates, Platón y Aristóteles. Hoy día, desde una perspectiva más actual, podríamos decir que la prudencia también está integrada dentro de la Inteligencia Emocional.