El miedo también se aprende
Aparentemente el miedo es algo innato en los seres humanos y prueba de ello es que todos, incluso el más valiente, tememos a algo. Pero aunque así lo parezca, no nacemos con miedo, sino que aprendemos a tener miedo. Por supuesto nadie nos enseña conscientemente a temer a algo. Este es un aprendizaje que, en su mayor parte, el niño realiza de forma natural, absorbiéndolo de sus progenitores y de otros adultos que conviven con él.

Obviamente es necesario tener miedo, y enseñar al niño cosas como que es peligroso acercarse a un enchufe o que corre peligro si se asoma demasiado a las escaleras. En este aprendizaje los padres y otros adultos tienen un papel esencial, ya que de cómo eduquen al niño en ese miedo, de cómo reaccionen ellos ante la posibilidad de que el niño se pueda hacer daño, el niño podrá evolucionar hacia un adulto precavido o asustadizo.

Otros miedos son aprendidos de forma inconsciente, como el miedo a las serpientes, a las arañas o cualquier otro miedo que tengan los padres u otros adultos con los que conviva el niño, como el miedo al agua, a los perros, etc. Sin embargo esto no significa que el niño vaya a sentir miedo de por vida, ya que si tener miedo es un aprendizaje, perder el miedo también lo es.

La mejor forma de lograrlo es acompañar al niño en su miedo, sin burlarse de él ni minimizarlo en ningún momento. Si el niño tiene miedo a la oscuridad, podemos idear juegos con linternas, o apagar la luz durante el día para que el niño poco a poco se acostumbre a la oscuridad. De ese modo le daremos al niño los instrumentos necesarios para superar cualquier clase de miedo que sienta incluso en su edad adulta.