El mito de la media naranja
Desde pequeños nos enseñan que, en algún lugar, se encuentra esa persona que es nuestra “media naranja”, una persona que nos va a ayudar a sentirnos completos, a desarrollarnos como persona y a lograr que seamos felices. Inconscientemente, esto nos lleva a sentirnos una mitad, a pensar que la solución a nuestros problemas o el logro de nuestras metas se encuentra en manos de otro y a delegar la responsabilidad en otra persona.

Si no tenemos suerte y no encontramos a nuestra media naranja, nos pasaremos nuestra vida sintiéndonos incompletos, sintiendo que nos falta esa mitad y viendo a aquellos que tienen pareja como seres completos mientras que nosotros nos hemos quedado a medio hacer.

Si tenemos la suerte de encontrar a nuestra media naranja, llevados por esta idea, cargaremos sobre él o ella la tarea de hacernos felices, de adivinar nuestros deseos, ilusiones, anhelos y de hacerlos realidad y la responsabilidad de nuestros actos y omisiones. Con el paso del tiempo nos daremos cuenta de que el otro no puede hacer esto porque no puede sustituirnos a nosotros mismos, con lo que nos sentiremos frustrados, engañados y, de nuevo, incompletos, yendo en pos de otra media naranja que, esta vez sí, sea capaz de hacernos felices.

Si queremos ser felices con otra persona, lo primero que deberemos lograr es ser felices con nosotros mismos. Si queremos gustar a otra persona o ser capaces de amarla y cuidarla, antes deberemos gustarnos y querernos y cuidarnos a nosotros mismos, porque sólo así podremos hacerlo con el otro, lo que significa que no debemos ser medias naranjas buscando otras medias naranjas, sino, siguiendo con la imagen, ser naranjas completas que buscan otras naranjas completas con las que compartir nuestra vida, caminando en paralelo una junto a la otra, sin fusionarnos y sin perder nuestra identidad en dicha unión.