El pensamiento determina el modo que tienes de aproximarte a la realidad. Es decir, bajo el prisma de la subjetividad juzgas cada día como positivo o negativo no sólo el mundo que te rodea sino también, a aquellas personas que están cerca de ti, incluso, a las que no conoces bien como para saber cómo son. Con el paso de los años, es normal ir sumando alguna decepción a esa mochila de relaciones interpersonales que todos tenemos.

Lo curioso es precisamente que más allá de las sorpresas gratas, muchas personas se dejan llevar sencillamente por el sabor amargo de la decepción. Es decir, sólo se centran en esa persona que les hizo daño hasta el punto de que se vuelven mal pensadas. Es decir, desconfían de muchas más personas.

¿La desconfianza es buena? La realidad es que no aunque aparentemente te sientas más seguro y más protegido. La realidad es que el peligro de ser mal pensado es notable ya que te hace ver malas intenciones donde no las hay y malos sentimientos donde no los hay.

Por supuesto, creo que más allá de este hecho, es positivo que también te concedas el derecho de cerrar puertas a personas que no te aportan lo necesario o que te hicieron daño. Pero no por aquellos que no supieron estar a la altura de las circunstancias dejes que tu corazón se envenene de rabia y de indiferencia. Incluso, es mejor que seas comprensivo y empieces a entender que a veces, sencillamente, todo pasa por algo e incluso de aquellas situaciones más dolorosas puedes extraer un mensaje esperanzador para estar bien y vivir feliz. Por ejemplo, tal vez, un desamor te lleve a encontrar a tu gran amor. La vida es breve y merece la pena ser disfrutada desde el color verde de la esperanza.