El peligro del exceso de confianza
Los filósofos clásicos analizaron la prudencia como la virtud ideal para encontrar el término medio de las cosas. Sin duda, no es fácil medir dicho término medio sencillamente, porque cuando hablamos de sentimientos no hablamos de realidades que puedan medirse al más puro estilo matemático. Es decir, al final, los límites de la prudencia quedan al amparo de tu sentido común.

La confianza en las personas es buena, porque eso muestra que eres una persona positiva con ganas de ser feliz. Por ejemplo, las personas que están resentidas con el mundo, terminan por pagar su frustración incluso con las personas que son buenas y nobles. Sin embargo, también se produce la situación contraria, la de aquellos que tienen un exceso de confianza y no se dan cuenta de que deben ser prudentes.

Este tipo de personas suelen terminar haciendo grandes favores a personas a las que prácticamente no conocen. Tienen grandes dificultades para decir que no a alguien porque se sienten culpables. De este modo, pueden terminar incluso prestando cantidades importantes de dinero. Por otro lado, también se produce una situación curiosa y es la de aquellos que comparten intimidades con personas que han conocido recientemente.

Esta euforia inicial de creer que el otro es bueno no es más que una deducción de la primera impresión basada en la subjetividad y en la apariencia. Sin embargo, la vida nos muestra que es esencial dar tiempo al tiempo a la hora de conocer de verdad a las personas. Existen muchos temas de conversación, por tanto, protege tu intimidad siempre que puedas y reserva tus confidencias para aquellos amigos con los que sabes que nunca te traicionarían. El hecho de contar un secreto a alguien que luego puede airearlo puede producirte un gran malestar emocional y además, te puedes sentir culpable por haber hablado de ti mismo con quien no debías. En caso de que alguna vez hayas pasado por esto, relájate y piensa sencillamente, que de los errores también se aprende y de las decepciones todavía más.