El precio de idealizar a los demás
Cuando conocemos a alguien, sobre todo si sentimos una gran simpatía por él o ella, se produce inevitablemente una idealización, que nos hace ver en el otro cualidades que nosotros deseamos que tenga y que la otra persona, o bien no posee, o no las posee en el grado en el que nosotros deseamos. Este proceso es completamente normal, sobre todo cuando nos enamoramos de alguien, y tendemos a ver en él o en ella todas las cualidades y virtudes que siempre hemos deseado que nuestra pareja posea.

De no producirse esa idealización, probablemente no nos enamoraríamos. Es después, con el tiempo, cuando vamos descubriendo realmente cómo es el otro y viendo si se adecúa a lo que nosotros deseamos, al tiempo que ajustamos nuestra visión real de él o ella. Este proceso es común tanto en relaciones de pareja, como de amistad, entre padres e hijos, entre hermanos, entre los compañeros de trabajo, etc.

El problema surge cuando esta idealización es patológica y en ningún momento vemos al otro como es, sino como nosotros queremos que sea. Este comportamiento termina dañándonos tanto a nosotros mismos, ya que nos sentimos defraudados cada vez que nuestra pareja, amigo, familiar compañero de trabajo no actúa según nuestras expectativas y resulta agotador y agobiante para la otra persona, ya que en todo momento le estamos exigiendo que se comporte de modo que se ajuste a nuestros deseos y lo cual le supone también una frustración continua y crear una relación sobre unos parámetros que no son reales.

No debemos temer ver al otro tal cual es. Todos tenemos defectos y virtudes y el proceso de descubrir al otro tal cual es y mostrarnos a nosotros mismos tal y como somos es un proceso que nos aporta madurez y resulta muy enriquecedor desde el unto de vista emocional.