El precio del miedo al rechazo
Todos tememos la posibilidad de ser rechazados o excluidos. Ser rechazado es siempre una sensación incómoda, ya venga de una persona sola o de un grupo. Por muy seguros que estemos de nosotros mismos y por muy sana que sea nuestra autoestima, el rechazo nos afecta, despertándonos sentimientos de dolor, inseguridad, e incluso nuestra ira. Ante un rechazo es inevitable preguntarnos por qué la persona o personas nos han rechazado, qué es lo que no les gusta a los demás de nosotros.

Si nuestra autoestima es sana, con el tiempo aprenderemos que es normal ser rechazado o no ser aceptado por determinadas personas, ya que no se puede gustar a todo el mundo. Pero si tenemos una gran inseguridad o muy baja autoestima, ese rechazo nos provocará una angustia y una gran crisis personal.

No podremos evitar sentirnos iracundos hacia quien nos ha rechazado al tiempo que sentimos que el poco sentimiento de valía que tenemos de nosotros mismos desaparece, y es reemplazado por pensamientos que nos dicen que no valemos lo suficiente, que no somos dignos de ser aceptados y que, al fin y al cabo, era normal que nos rechazaran. A partir de entonces la persona pondrá en marcha una serie de mecanismos dirigidos a evitar un nuevo rechazo.

Poco a poco, se sentirá más incapaz de hacer o decir cualquier cosa que haga que los demás le rechacen o no le aprueben, buscando en todo momento dicha aprobación. Partirá de la base de que todas sus ideas, aspiraciones, conocimientos, sueños, etc., no tienen ninguna valía, a menos que el otro se la conceda.

A la larga, esta actitud nos roba gran energía y puede llegar a dar lugar a comportamientos autodestructivos. Todo ello nos hace entrar en una espiral de pensamientos y comportamientos irracionales que nos llevan al estancamiento como personas, la regresión y suelen desembocar en la depresión.