El valor de la intuición
A veces tenemos certezas que no vienen dadas por nuestra mente consciente, y que no podemos asegurar cómo hemos llegado a esas conclusiones. Nos ocurre por ejemplo cuando conocemos a una nueva persona y nos parece conocer su carácter o cuando sabemos con toda certeza que una cosa saldrá bien o irá mal, sin tener ningún elemento objetivo que justifique dicha certeza o cuando encontramos la solución a un problema sin casi habérnoslo propuesto. En estos casos, estamos utilizando la intuición.

La intuición no es ninguna cualidad mágica o un extraño poder de la mente, sino que viene de la parte inconsciente de nuestro cerebro. Aunque nosotros sólo somos conscientes de una parte del bombardeo de la información a la que estamos sometidos cada día, nuestro cerebro lo almacena todo en la memoria: hechos, gestos, recuerdos, experiencias… Todo este bagaje de conocimientos se pone en marcha sin que seamos conscientes de ello cuando nos enfrentamos a una situación nueva, y de todo ello surge la intuición.

Aunque siempre se ha hablado de la intuición femenina, tanto hombres como mujeres tienen intuición por igual, lo que ocurre es que, en el caso de las mujeres, al darse por cierto su existencia, la han cultivado más y se fían más de estos mensajes inconscientes que les envían sus cerebros, mientras que en los hombres siempre se ha valorado más su capacidad de razonamiento y no ha quedado casi lugar para la intuición. Independientemente de su sexo, cuanto más observadora y mayor sensibilidad tenga una persona, mayor será su intuición.

Sin embargo, es innegable que no podemos tomar las intuiciones como verdades absolutas. Para ello, deberemos compararlas, siempre que nos sea posible, con hechos externos o razonamientos que corroboren su veracidad o nos hagan ver que estamos equivocados. En cualquier caso, cultivar la intuición nos puede ayudar a ver un poco más allá y a ir por delante.