Encontrando excusas para no actuar: la racionalización
No siempre podemos enfrentarnos con todos los desafíos que nos presenta la vida. En ocasiones tenemos que hacer frente a situaciones para las que no estamos preparados, bien porque no confiamos lo suficiente en nosotros mismos para hacerlas o porque sentimos un gran miedo o una gran fobia al hacerlo, como pueden ser hablar en público, cambiar de trabajo o hablar con el chico o la chica que nos gusta. En este caso, como tenemos miedo de sufrir un daño, nuestro cerebro pone en marcha una serie de mecanismos de defensa que nos van a permitir eludir dicha acción sin entrar en conflicto con nosotros mismos. Uno de estos mecanismos es la racionalización.

Cuando ponemos en práctica la racionalización, nos damos razones, que en principio son de peso, que nos van a permitir evitar el conflicto o hacer frente a la situación que nos produce temor o que realmente no queremos enfrentar. Si lo que nos da miedo es hablar en público, podemos decirnos que no merece la pena preparar una ponencia para un auditorio tan pequeño o que no tenemos tiempo para prepararla.

En el caso de la persona que nos gusta, podemos dar por sentado que no le gustamos y que por ello no merece la pena ni siquiera intentarlo, y así con todas las situaciones que queramos evitar a lo largo de nuestra vida.

Dado que siempre utilizamos argumentos que son racionales y que nos parecen lógicos, nos tranquilizamos a nosotros mismos y dejamos escapar el objetivo.

Pero aunque nos tranquilice momentáneamente, a la larga nos puede llevar a la frustración por no conseguir nuestros objetivos. Por ello, ante un desafío, siempre deberemos determinar qué racionalizaciones o justificaciones estamos buscando para no hacerlas y desmontarlas, oponiendo los beneficios que conseguirlo nos reportaría, incluso aunque corramos riesgo al enfrentarlas.