Estar siempre a la defensiva
A lo largo de nuestra vida nos relacionamos con muchas personas, algunas de las cuales nos enriquecen y otras nos hacen daño. Si esto último ocurre muy a menudo, puede ocurrir que nos transformemos en personas recelosas y que nos mantengamos siempre alerta ante un posible ataque, comentario negativo o malintencionado que los demás puedan hacernos, para responder a tiempo y evitar así que nos hagan más daño.

Sin embargo, esta actitud que en un principio busca protegernos puede generar una actitud defensiva que nos lleve a interpretar de forma errónea los comentarios y los hechos de los demás, buscando siempre en ellos un contenido negativo que no tienen, lo que, a la larga, influirá negativamente en nuestras relaciones con los demás.

Esta conducta terminará llevándonos al aislamiento, a perdernos todo lo positivo que nos puede aportar una relación positiva y gratificante con los demás y, en los peores casos, a la obsesión y a la manía persecutoria.

Cuando nos comportamos así consideramos el mundo como un lugar hostil y a los demás rivales a los que hay que derrotar. Tenemos tanto miedo a que nos hagan daño que vamos por la vida buscando en los gestos, comportamientos o comentarios de los demás algo que nos confirme que, efectivamente, nos van a hacer daño. Y como nuestro cerebro interpreta la realidad según nuestras creencias, poco nos costará encontrar indicios de que, efectivamente es así, por muy amistosa y generosa que sea la conducta del otro.

Para evitar esto, lo primero que tenemos que hacer es darnos cuenta de que, efectivamente, estamos continuamente a la defensiva. Debemos también comenzar a comunicarnos de forma más franca con los demás, otorgándoles nuestra confianza, y analizando de forma objetiva los comportamientos de los demás, sin ir por delante con la idea preconcebida de que todos quieren hacernos daño.