La esclavitud emocional
La esclavitud a veces, no se produce de una persona hacia otra, es decir, en un rol de sometimiento absoluto hacia la voluntad ajena. Sino que en ocasiones, la esclavitud puede ser de uno mismo hacia uno mismo. Así sucede cuando te conviertes en tu peor enemigo y no sabes darte el valor que de verdad tienes. La esclavitud emocional aumenta al compás de frases que empiezan por “tengo que” y “debo”.

En realidad no hay nada que te obligue a nivel externo sino que se trata de un imperativo categórico que te has marcado tú mismo. Por ejemplo, una forma de esclavitud es el perfeccionismo que se muestra en aquellos casos en los que la persona siente que debe de brillar en todos los campos de su vida. Lo cierto es que resulta imposible.

En la sociedad actual, existen nuevas formas de esclavitud que son las que brotan de la belleza estética. Existen personas que viven a dieta cada día, que se pesan cada mañana en la báscula, pasan horas en el gimnasio… ¿Tiene esto algo de malo? Absolutamente nada, de hecho, es bueno estar en forma. Sin embargo, sí es una pena que se dedique tanto tiempo a temas físicos y tan poco, a temas intelectuales, como por ejemplo, la lectura de un buen libro. La verdadera felicidad brota del equilibrio entre cuerpo y mente. Y es que, la mente genera muchos pensamientos que no siempre son positivos. Por tanto, a partir de este punto llegamos a una nueva forma de esclavitud: el pensamiento negativo.

El hecho de vivir agotado por la queja y por la pena que se mantiene día tras día por una decisión propia. Cuando alguien de verdad quiere dejar de sufrir, hace algo por estar mejor. Pero no se queda anclado en ese estado de aparente comodidad que resulta insano.