La imortancia de ser tú mismo
Si te piden que definas a cualquiera de tus amigos o familiares, seguramente no te resultará difícil. En pocas palabras puedes hacer un esbozo de su forma de ser, de sus sueños, su carácter, etc., es decir, de quién es.

Sin embargo, esto resulta mucho más complicado si la persona sobre la que nos preguntan somos nosotros mismos, en gran medida porque la mayoría no nos hemos parado a escucharnos el tiempo suficiente para conocernos. Sin embargo, un buen conocimiento de uno mismo es una pieza esencial para una buena salud emocional y un componente imprescindible para nuestra felicidad.

La dificultad también parece surgir de que no siempre es fácil conocerse a uno mismo, y no sólo por la posibilidad de autoengañarnos, sino por el hecho de que no siempre nos gusta lo que vemos.

Conocernos a nosotros mismos puede suponer tener que aceptar que, muchas veces, no hacemos, pensamos o deseamos lo que realmente queremos, sino que nos movemos movidos por miedos (al rechazo, al qué dirán, a la falta de aceptación) que no sólo coartan la libertad, sino que muchas veces nos llevan a interpretar un papel que poco tiene que ver con nosotros mismos.

Cuando mayor sea esa distancia entre quienes somos realmente y quien aparentamos ser, mayor será el coste emocional para nosotros mismos. Esta distancia entre nuestro yo real y que mostramos a los demás nos hace sentirnos vacíos e infelices, nos impedirá sentirnos llenos con cualquier cosa que hagamos y prácticamente nos impedirá encontrar un sentido a nuestra vida.

Para evitar esto es esencial que entremos en contacto con nuestras emociones, aunque ello signifique poner patas arriba nuestra realidad actual. Preguntarnos si realmente la vida que llevamos nos satisface, si nos sentimos plenos y felices con la vida que llevamos. Si la respuesta siempre es no, es hora de ponernos manos a la obra.