Saber aceptar la derrota para conseguir la victoria
A lo largo de nuestra vida disfrutamos de muchos momentos en los que conseguimos lo que nos proponemos y nos sentimos realmente bien por ello. Con mayor o menor esfuerzo logramos nuestro objetivo, sentimos que todo ha merecido la pena y nuestra autoestima y la confianza que sentimos en nosotros mismos aumenta, porque nos sentimos capaces de hacer frente a todos los desafíos y retos que la vida nos vaya presentando.

Desafortunadamente, esto no siempre es así, ya que también van a darse otras ocasiones en las que tengamos que hacer frente a la derrota, al hecho de que, tras mucho esfuerzo, empeño y tiempo invertido en lograr nuestro propósito, no lo hemos logrado. Derrotados, contemplamos cómo nuestro objetivo se escapa de nuestras manos mientras nos preguntamos en qué hemos fallado.

En estos casos lo más importante es evitar derrumbarnos ni iniciar un autodiálogo negativo que mine nuestra autoconfianza hasta el punto en que no nos sintamos capaces de volver a intentarlo.

Por supuesto necesitaremos un tiempo para digerirla que será mayor o menor según la importancia que le demos a lo que no hemos logrado. Negar nuestros sentimientos con respecto a lo que ha pasado tampoco nos será útil desde el punto de vista emocional, sino que a la larga será dañino para nosotros.

Debemos contemplar la derrota como lo hacen los deportistas, como una oportunidad para aprender y para crecer como personas, aceptando nuestra responsabilidad en relación a ella sin culparnos ni buscar culpabilidades en los demás. También es importante no dramatizar ni perder el sentido del humor, sino contemplar el hecho en su justa medida. Analizar lo ocurrido, ver en qué podemos mejorar y seguir el consejo de quienes montan a caballo: “Si te caes, vuélvete a montar inmediatamente”. Porque la única verdadera derrota es no levantarse e intentarlo de nuevo.