La inteligencia emocional de un optimista realista
Algunas personas confunden el optimismo con el idealismo, es decir, no tienen los pies en el suelo, no son conscientes de sus propias posibilidades o de su situación actual. Caer en el optimismo idealista hace que muchas personas pasen al punto contrario, es decir, al dramatismo absoluto de la negatividad, al darse cuenta de que las cosas no son tan sencillas: no es suficiente con creer que algo es posible para que suceda. Sin duda, hace falta algo más, y ese más, implica entender que el optimismo debe estar en armonía con el realismo. Es decir, debe sustentarse en la estabilidad que aporta la realidad. El optimismo realista te ayuda a crecer como persona, te permite mejorar. Especialmente, porque te hace entender que si de verdad deseas una meta, entonces, tienes que luchar, apostar por ella y trabajar con todas tus fuerzas con un plan de acción.

El optimismo forma parte de la receta de una vida feliz porque te permite afrontar el presente con serenidad, con sentido del humor, ilusión y energía creativa. Sin embargo, el verdadero optimista es aquel que no deja de lado su situación presente y valora las posibilidades de alcanzar un reto desde las circunstancias concretas del aquí y del ahora.

Soñar, por supuesto, es gratis y además, hace mucho bien porque también es una forma de evasión de una realidad amarga. Sin embargo, tarde o temprano, es indispensable abrir los ojos para tomar conciencia de cómo son las cosas en realidad. Y si algo no te gusta tal y como es, entonces, intenta apostar por el cambio para hacer que sea de una forma diferente. El optimismo debe estar bañado de objetividad para poder ser concreto y no escapar del entorno presente porque ese modo de actuar, es contrario al propio bienestar.