La valentía de pedir perdón
Sabemos que nadie es perfecto y que todos cometemos errores, pero admitirlo sobre los demás siempre es más sencillo que hacerlo con respecto a nosotros mismos. Por mucho que intentemos evitarlo y habitualmente sin intención, nos equivocamos, cometemos errores y acabamos haciendo daño a los demás, especialmente a las personas que más queremos. En esos momentos, además de manejar el sentimiento de culpa por el daño causado, es necesario que nos disculpemos y pidamos perdón por el error que hemos cometido.

Para muchas personas esto resulta muy difícil, porque consideran el pedir perdón una especie de humillación o de muestra de debilidad, que va a permitir a los demás darse cuenta de que no son perfectas y de que cometen fallos.

Pero pedir perdón, no es una situación humillante, sino un acto valiente para el que se necesita tener una sana autoestima y comprensión para con uno mismo, que no va a ser sólo beneficioso para nosotros, sino que nos va a permitir desarrollar unas relaciones más sinceras y maduras con los demás, facilitando la resolución de los posibles conflictos que puedan aparecer.

Esto se debe a que reconocer los propios errores nunca es sencillo. Preferimos taparlos, ignorarlos o pensar que son características de nuestra personalidad, sin enfrentarnos al hecho de que nosotros también hacemos las cosas mal o de que no somos perfectos. Aceptar los errores implica que nos conocemos a nosotros mismos y hemos aceptado tanto nuestras cualidades como nuestros defectos y que somos capaces de aprender de nuestros errores.

Por ello, después de admitir el error, es importante encontrar una forma de intentar solucionarlo, para intentar repararlo en la mayor medida posible. Deberemos desechar la culpabilidad o el mortificarnos por lo sucedido y siempre debemos ver los errores y las equivocaciones como una ocasión para aprender y poder cambiar el modo de hacer las cosas la próxima vez.