La vida como espectador
Existen muchas personas que pasan horas interminables a lo largo del día viendo la televisión. Algo que ya de por sí invita al sedentarismo, a la apatía y a la tristeza pero todavía más si hablamos de contenidos telebasura que lejos de humanizar a aquel que se encuentra al otro lado de la pequeña pantalla lo cierto es que produce el efecto contrario.

La vida como espectador no es una metáfora, es la realidad de aquel que no tiene la capacidad de implicarse y de ilusionarse con su destino y que se muestra de forma triste en los casos concretos de personas jóvenes que no tienen la menor ilusión por conocer gente nueva y hacer nuevas amistades. El corazón permanece abierto a la vida en la medida en que dejamos entrar dentro de nosotros a aquellas personas que tienen algo especial.

La realidad es que alguien puede ser especial para ti en forma de amor o amistad. Existen conexiones mágicas entre dos personas. Mágicas en tanto que resulta un auténtico misterio filosófico pensar por qué en un momento en concreto, se encontraron dos personas que buscan exactamente lo mismo. Y es que, tanto para el amor como para la amistad es necesario algo: receptividad por ambas partes, equidad y correspondencia.

Por mucho que te empeñes en que una persona sea amiga tuya no puedes hacer nada si el otro no pone de su parte. La vida como espectador es la de aquel que se queda siempre en el plano de la teoría. Aquel que acumula miles de sueños en su corazón y no hace el más mínimo esfuerzo por llevarlos a la práctica. Más allá de toda filosofía y de todo pensamiento teórico existe una realidad: la vida es acción, los hechos, muchas veces, definen a una persona más que las palabras.