Lo que nos enseña la muerte de una persona
La muerte de una persona nos deja con un vacío interior importante porque decir adiós para siempre es un acto difícil a nivel humano. Cuando hemos querido a alguien, el simple hecho de saber que no volveremos a verle, reabre una serie de heridas que necesitan su proceso de cicatrización. Es lo que se conoce como el tiempo de duelo cuya duración varía dependiendo de las circunstancias.

Aprender a vivir

Cuando una persona que hemos querido se marcha, en realidad, debemos tomar su adiós como una doble motivación para ser felices. En primer lugar, por nosotros mismos. Y en segundo lugar, como homenaje a la memoria de ese ser querido. La muerte debe ayudarnos a poner las cosas en su contexto.

Es decir, a darnos cuenta de que tanto orgullo no nos conduce a ningún fin constructivo y que lo que de verdad importa es aprovechar el tiempo en este mundo dando lo mejor de uno mismo a los demás.

Tomar conciencia de la finitud de la vida también es un buen ejercicio para establecer prioridades y saber qué es lo que quieres.

Lo que nos enseña la muerte de una persona

Dar las gracias

Después del adiós de alguien querido es prácticamente imposible no sentir cierto desgarro interior ante una mala noticia. Sin embargo, conviene cambiar la actitud mental para dar las gracias al destino por todos los momentos compartidos y por haber conocido a alguien especial. Todos los momentos compartidos dejan huella en el corazón de una forma atemporal y son un regalo de amor.

Por otra parte, cuando has querido de verdad a alguien, más allá de su ausencia, puedes asumir el compromiso de que su memoria siga viva en tu entorno hablando con naturalidad de ese alguien que vive en ti para siempre a través de tu testimonio y tu memoria.