Mitomanía, la mentira continua
Aunque desde pequeños nos enseñan que mentir está mal, todos mentimos de vez en cuando, ya sea para eludir una situación desagradable o un castigo o para proteger a alguien de un daño. Existen personas, sin embargo, que no mienten ocasionalmente, sino que lo hacen de forma continua y patológica, distorsionando la realidad hasta creerse sus propias mentiras para así hacer más soportable la realidad. Este tipo de personas padece un trastorno psicológico denominado mitomanía.

Este trastorno puede tener dos manifestaciones, denominadas mitomanía vanidosa y mitomanía perversa. La mitomanía vanidosa se caracteriza porque las mentiras de la persona giran siempre en torno a hechos increíbles que la persona ha llevado a cabo, como actuaciones heroicas, proezas deportivas, grandes conquistas amorosas, etc.

La mitomanía perversa es más peligrosa, ya que nace de la necesidad de quien la padece de agredir y de hacer daño al otro. Por ello el mitómano suele interponer denuncias falas, escribir cartas anónimas o difamar a quien está en su punto de mira.

El mitómano no miente de forma gratuita, sino que lo hace para obtener un beneficio propio. El problema de la enfermedad es que, aunque al principio la persona es consciente de que está mintiendo, según avanza la patología la persona va creyendo más y más sus mentiras hasta un punto en el que no puede distinguir la realidad de sus mentiras.

Los mitómanos suelen ser personas manipuladoras y convincentes, porque sus mentiras tienden a ser convincentes. Además suelen poseer un gran talento como actores, lo cual hace aún más creíble sus fabulaciones, en las que intercalan verdad con fantasía, por lo que muchas veces sus interlocutores tampoco pueden distinguir que parte de lo que dice es real y cuál es inventada.