Optimismo, la llave de la felicidad
Muchas veces se piensa que el optimista lo es porque no ha sufrido grandes reveses en su vida. Al parecer, no tiene preocupaciones, ni agobios ni parece asustado por el futuro. Otros piensan que es una cuestión de carácter, en el sentido de que, si tienes suerte, naces optimista y, si no la tienes, naces pesimista y esto es algo que no se puede cambiar.

Sin embargo, cada vez son más los estudiosos que piensan que el optimismo no es sólo una cuestión de carácter, sino que se trata sobre todo de una actitud ante la vida, independientemente de las vivencias que hayamos tenido.

Esto se debe a que, según muchos psicólogos, el optimismo está íntimamente relacionado con nuestra responsabilidad ante nuestra propia vida. El optimista, en todo momento se pregunta qué puede hacer para mejorar o cambiar una situación, mientras que el pesimista se ve como una criatura impotente a merced de los designios del destino.

El optimista, además, tiende a ver siempre los aspectos positivos tanto de sí mismo como de los demás, así como de la realidad que le rodea, mientras que el pesimista sólo ve los negativos. Debido a este esquema de pensamiento, el optimista puede cuenta con el coraje, la pasión, la confianza y la esperanza para transformar sus circunstancias, es decir, tiene la llave de la felicidad.

Esto no significa ser simple ni ingenuo, ni negar la realidad que nos rodea, sino hacerse cargo de ella y saber que siempre, de algún modo, hay alguna vía para modificarla y hacerla más aceptable para nosotros.

Numerosos estudios refrendan la influencia del optimismo en nuestras vidas. Se sabe que los alumnos que son optimistas tienen más posibilidades de terminar sus estudios con éxito que aquellos que son pesimistas. También los enfermos optimistas se curan antes que los pesimistas.

Aunque el carácter está determinado por la herencia, el optimismo se puede aprender. Nos resultaría sorprendente lo que puede cambiar nuestra visión de las cosas si empezáramos a ver el vaso medio lleno.