¿Por qué conducir nos vuelve agresivos?
Por muy tranquilo que sea nuestro carácter y muy cívicamente que nos comportemos cuando somos peatones, es indudable que casi a la práctica totalidad de los seres humanos el simple hecho de sentarse al volante de un coche, poner en marcha el motor e incorporarse a la circulación, le supone una transformación en su carácter, volviéndose mucho más agresivos e impacientes, incluso aunque no tengamos ninguna prisa. Y la agresividad no termina ahí, porque no es raro presenciar altercados violentos, tanto verbal como físicamente entre conductores. ¿Por qué ocurre esto?

La principal razón, que muchas veces se nos olvida, sobre todo si somos conductores habituales, es que conducir es una actividad estresante que genera mucha tensión. Tenemos que ir pendientes de muchos elementos para llegar bien a nuestro destino y ello, indudablemente genera tensión, la cual se incrementa en gran medida si tenemos que llegar a una hora determinada, como cuando vamos a trabajar o si tenemos que sufrir atascos interminables cada día.

También es importante el hecho de que los conductores son desconocidos para nosotros y, dentro de nuestros respectivos coches, nos es imposible comunicarnos de forma verbal los unos con los otros. Por ello, si un conductor realiza una maniobra que resulta peligrosa o descortés con nosotros, tendemos a etiquetarlos de forma negativa o a adivinar, siempre de forma negativa también, cuál ha sido la motivación que le ha llevado a hacer ello, y normalmente terminamos concluyendo que es un cretino al que le gusta tocarnos las narices. Todo esto, nos predispone en contra de los otros conductores, nos lleva a competir con ellos y a aumentar nuestra agresividad al volante.

Por supuesto, nuestra forma de ser también influye en esa escala de agresividad al volante, ya que las personas más impulsivas y con menor capacidad de autocontrol suelen tener y crear más problemas cuando conducen.