¿Premiar o castigar?
El refuerzo positivo y el negativo, o lo que es lo mismo, el premio y el castigo, es una técnica que se utiliza en la terapia cognitivo conductual, pero que todos, en mayor o menor medida, la aplicamos a diario, sobre todo si somos padres o incluso si tenemos mascotas en casa.

Ambos refuerzos tienen el mismo objetivo, que es hacer que un sujeto deje de realizar una conducta indeseada y la sustituya por una deseada. Cuál sea la conducta es indiferente, puede ser desde dejar de morderse las uñas hasta recoger el cuarto en el caso del niño. Sin embargo, la pregunta que se plantea es cuál de los dos refuerzos es el más efectivo.

Tradicionalmente el más utilizado ha sido el refuerzo negativo, el castigo. De niños, cuando desobedecíamos a nuestros padres nos castigaban para lograr que la conducta no se repitiera.

Sin embargo, los psicólogos se han dado cuenta de que un exceso de castigos puede generar en el niño un miedo al fracaso que continúe cuando se haga adulto, evitando todas las situaciones en las que pueda transgredir normas.

Además, la imposición de un castigo puede generar resentimiento en la persona castigada, cualquiera que sea la relación entre castigador y castigado.

Los psicólogos han determinado que utilizar el refuerzo positivo es mucho más efectivo, ya que en este caso nos vemos motivados por el deseo de tener éxito. Si no prestamos atención a cuando el sujeto no actúa correctamente pero reforzamos positivamente cuando sí lo hace, lograremos que la conducta se modifique más rápidamente que con el refuerzo negativo.

Esto no significa que se deba prescindir completamente del refuerzo negativo, porque a veces es necesario para la educación. Lo que no debemos olvidar es que debe ser proporcional a la conducta y nunca debe ser un hecho que resulte humillante para quien lo recibe.