Relajación en el agua
El agua tiene un efecto relajante en nosotros. Ya sea el murmullo de las olas al batir contra la orilla o el agua del riachuelo que corre montaña abajo escucharlo parece aliviarnos inmediatamente de las tensiones. Este alivio es aún mayor si tenemos la posibilidad de introducirnos en el agua y flotar dejándonos mecer por las olas, porque la ingravidez que sentimos, unida a que varios de nuestros sentidos quedan amortiguados, consigue que la relajación sea total.

Por ello, si te sientes estresado o angustiado por las preocupaciones del día a día, no tienes más que buscar una playa, una piscina o un río en el que puedas sumergirte durante un rato. Busca un momento en el que no haya demasiada gente y puedas concentrarte en ti mismo.

Para comenzar, debemos introducirnos en el agua y flotar, lo que se conoce como hacer el muerto. Extenderemos los brazos en cruz y estiraremos las piernas, pero sin tensionar ningún músculo, dejando las articulaciones relajadas, por lo que tanto brazos como piernas estarán un poco flexionados.

Poco a poco, según te vayas relajando, notarás como tu cuerpo busca la postura más cómoda.

Cierra los ojos. De ese modo, el agua actuará casi como una cámara de privación sensorial, ya que el sentido del oído está bastante amortiguado por el agua y cerrando los ojos también permitiremos que nuestro cerebro descanse de los estímulos visuales. Respira de forma regular, sin forzar, y concéntrate en el sonido de tu propia respiración. Después céntrate en las sensaciones del mar sobre los brazos, las piernas, el tronco, sintiendo cómo estas zonas se relajan según te piensas en ellas.

Elimina cualquier tensión del cuello, la espalda, relajando los músculos. Haz esto durante unos cinco minutos, al cabo de los cuales, puedes salir del agua, dejando en ella todas tus tensiones y preocupaciones.