Normalmente, cuando las personas, sobre todo durante la infancia, sufren experiencias altamente traumáticas como abusos o maltratos, la expectativa es que crezcan desarrollando algún trastorno o que su evolución como personas sea negativa. Sin embargo, en algunos casos, por muy desestabilizadores desde el punto de vista emocional que hayan sido los sucesos que han vivido, esas personas consiguen desarrollarse y llevar una vida completamente normal.

La explicación de este hecho se basa en la resiliencia, que es la capacidad que todo sujeto tiene para sobreponerse a periodos de gran dolor emocional. La tienen tanto los niños como los adultos y gracias a esta capacidad los seres humanos no somos sólo capaces de atravesar situaciones altamente dolorosas, sino incluso de salir fortalecidos de ellas.

El término resiliencia proviene de la física de los materiales y se utiliza para expresar las cualidades de un resorte, que son resistir a la presión, doblarse con facilidad y recobrar su forma original que es, metafóricamente hablando, el mismo proceso que sigue un ser humano para adaptarse a la adversidad y superarla.

Este término comenzó a ser usado en psicología por el psiquiatra conductista Michael Rutter, aunque el concepto quedó realmente fijado gracias a las investigaciones de Boris Cyrulnik, neurólogo y considerado uno de los padres de la resiliencia, quien se dedicó a desarrollar su significado estudiando tanto a supervivientes de campos de concentración nazis como a niños de la calle.

La capacidad de resiliencia de cada persona varía en función de variables como la educación, las relaciones familiares y el contexto social. Normalmente está vinculada a la autoestima, ya que las personas con alga autoestima tienen mayor poder de resiliencia, aunque no debemos olvidar el hecho de que esta capacidad se puede potenciar mediante diferentes técnicas psicológicas que nos ayuden a cambiar nuestros esquemas de pensamiento ante los acontecimientos a los que tenemos que enfrentarnos a lo largo de nuestra vida.