Cuando somos víctimas de un suceso o de un acto de otra persona que nos parece injusto nos enfadamos. A veces podemos controlar ese enfado, pero otras notamos cómo crece en nuestro interior, convirtiéndose en ira y rabia. Notamos que vamos a explotar, pero no queremos hacerlo, porque seguramente diremos y haremos cosas que después vamos a lamentar.

Entonces decidimos tragarnos la rabia y la ira, pero esta emoción es altamente destructiva para nuestro organismo, transformándose en estrés, contracturas y problemas de estómago. Para que la ira no sea nociva para nosotros mismos ni para los demás, existen una serie de técnicas que nos van a permitir liberarla y reencontrar nuestro equilibrio, para poder enfrentarnos al hecho de forma mucho más calmada y con la cabeza fría. Esta liberación la logramos a través de la respiración.

Aunque sintamos que no podemos contener la rabia y que lo único que nos puede ayudar es enfrentarnos con cualquiera que se cruce en nuestro camino, deberemos evitar la confrontación y buscar un lugar tranquilo y bien ventilado en el que nos podamos sentar o echar cómodamente sin ser molestados.

A continuación pensaremos en la situación que nos ha hecho sentir ira y nos permitiremos sentirla mientras inhalamos profundamente por la nariz. Reteniendo el aire, colocaremos los puños enfrentados, nudillo con nudillo, a la altura del pecho, y ejerceremos presión de un puño contra otra, para descargar nuestra ira en ella.

Cuando ya no podamos retener el aire por más tiempo, lo echaremos por la boca con energía, al tiempo que imaginamos que la ira se expulsa cuando echamos el aire, mientras nos relajamos todo lo posible.
Repetiremos el ejercicio durante diez o quince minutos e iremos notando cómo desaparece la ira. Podemos hacer el ejercicio también cuando algún recuerdo de algo sucedido en el pasado nos haga sentir airados.