Soberbia, orgullo y vanidad
Soberbia, orgullo y vanidad van de la mano, y lo cierto es que en mayor o menor medida, cualquier persona se ha dejado llevar por este fantasma emocional en algún momento de su vida. Dentro del ser humano se producen dos dualidades, la lucha entre el alma y el ego. El alma te conecta con la energía positiva, con la vitalidad, con la humildad… Por el contrario, la soberbia te conduce al ego, al deseo de sobresalir por encima de los demás, a la rivalidad… ¿Qué hacer entonces?

Aprender a controlar los sentimientos. Entendiendo que nadie es más que nadie y que en el seno de cualquier relación debe existir igualdad para que cada uno pueda mostrarse tal y como es. Pero además, las personas vanidosas y soberbias terminan solas sin relaciones de verdadera calidad, sencillamente, porque alguien que tiene ese modo de ser no deja que los demás sean como quieren ser. No se trata de un juego de palabras sino de una realidad que puedes comprobar a través de la observación.

En oposición a la soberbia tenemos la humildad. Un comportamiento que esconde una gran sabiduría, sencillamente, porque se trata de una virtud que te ayuda a vivir mejor, en paz con uno mismo y con los demás. La humildad representa la armonía del ser en el mundo.

Tomás de Aquino considera que la soberbia es una forma de tristeza en tanto que representa el deseo desmedido de sobresalir por encima de los demás. Pero además, también muestra la ignorancia de aquel que no se permite el placer de aprender de los demás. En la vida, la verdadera sabiduría reside en saber que nunca se termina de aprender, por ello, observa e intenta interiorizar las virtudes de aquellos que te rodean.