La comida no es un tranquilizante natural
En ocasiones entra hambre a deshoras, pero debes analizar si realmente se trata de hambre o si es porque te distrae de otras carencias. ¿Te entra hambre cuando estás solo? ¿Cuando te sientes triste? ¿O quizá cuándo sientes ansiedad? Cuando esto te ocurre, ¿Utilizas otros recursos para cubrir estas carencias o no puedes evitar ir a la nevera y comer cuando no es hambre real lo que sientes? Piensa qué has hecho en otras ocasiones para frenar esta hambre incontrolable para intentar que no se apodere de ti, y sobre todo, descubre cuándo te ocurre.
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Ansiedad por la comida
Hay veces en las que parece imposible poder parar de comer. Nuestro organismo parece pedirnos a gritos cantidades ingentes de azúcar y de glucosa, y prácticamente es imposible controlar el impulso de comer cada vez que notamos esa sensación, comiendo grandes cantidades de alimento y sin que nuestro cerebro sea prácticamente consciente de qué o cuánto alimento hemos ingerido. Esto se debe a que sufrimos ansiedad por la comida.

Este trastorno suele estar causado por factores como el estrés o la ansiedad debido a motivos laborales o familiares. También suele ser muy frecuente en personas con baja autoestima, sentimientos de poca valía, depresión o sentimientos de culpa.

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Pensar en comida adelgaza
A primera vista parece impensable, porque parece que pensar en comida nos da hambre. Sentados ante el televisor nos acordamos de esa tableta de chocolate o de esas galletas que tenemos en la cocina y al cabo de pocos minutos estamos comiéndolas.

Sin embargo, no es así, y de hecho, se ha demostrado que si queremos perder esos kilos que nos sobran o lograr olvidarnos de ese alimento al que nos hemos hecho casi adictos lo mejor es pensar en comida. Pero no sólo pensar en comida, sino imaginarnos comiendo ingentes cantidades de ese alimento que tanto nos gusta, imaginando su sabor, su olor, como se derrite en nuestra boca, etc.

Esto se debe a que, según un estudio realizado por investigadores de la Universidad Carnegie Mellon, en Pittsburgh (Estados Unidos), publicado en la revista «Science», nuestro cerebro no distingue entre aquello que es real y lo que imaginamos.
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