El pensamiento determina el modo que tienes de aproximarte a la realidad. Es decir, bajo el prisma de la subjetividad juzgas cada día como positivo o negativo no sólo el mundo que te rodea sino también, a aquellas personas que están cerca de ti, incluso, a las que no conoces bien como para saber cómo son. Con el paso de los años, es normal ir sumando alguna decepción a esa mochila de relaciones interpersonales que todos tenemos.

Lo curioso es precisamente que más allá de las sorpresas gratas, muchas personas se dejan llevar sencillamente por el sabor amargo de la decepción. Es decir, sólo se centran en esa persona que les hizo daño hasta el punto de que se vuelven mal pensadas. Es decir, desconfían de muchas más personas.
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