Una niñez difícil no determina nuestro fufuro
Durante los cinco primeros años de nuestra vida es cuando se forma nuestra personalidad y nuestra autoestima. Habitualmente, durante estos años el niño cuenta con todo el amor y el apoyo de sus padres para formarse como una persona segura de sí misma, con una autoestima sana y un patrón de pensamiento positivo. Sin embargo, no siempre es así, ya que, a veces, los padres y otros adultos no le proporcionan ese soporte, sino que someten al niño a maltrato físico o psicológico, abusos sexuales, o bien no le proporcionan los cuidados necesarios o incluso son abandonados.

El maltrato de cualquier tipo en la niñez suele dejar secuelas en los adultos, pero esto no significa que estemos condenados a una vida limitada por dichas secuelas.

La resiliencia, una cualidad que poseemos todos los seres humanos, nos permite alzarnos sobre el daño sufrido en la niñez y nos llegar a ser adultos capaces de cuidar de nosotros mismos, ser felices y vivir una vida que nos resulte gratificante.

Obviamente, esto no viene por sí solo, sino que es necesario que dejemos de sentirnos víctimas de todos aquellos que nos hicieron daño y que tomemos la iniciativa de nuestra vida, aprendiendo a conocer nuestros sentimientos y emociones, a manejarlos y a aceptarlos, haciéndonos cargo de nosotros mismos.

Aceptar las limitaciones e ir superando poco a poco las secuelas que nos puede haber dejado la niñez, aprender a vivir con ellas y superarnos poco a poco son pasos que nos ayudarán a liberarnos de los daños sufridos.

Para lograrlo y convertirnos en adultos resilientes, resultará, en muchos casos, imprescindible la ayuda de los demás, ya sea un profesor, un adulto que nos comprenda, un amigo, nuestra pareja o, si los daños son muy profundos, un profesional de la psicología, sin perder nunca la confianza de que seremos capaces de lograrlo.