Vivir agradando a todos
Todos, en algún momento, sentimos la necesidad de agradar y caer bien a ciertas personas, sobre todo cuando entramos en un círculo social diferente al nuestro habitual. En un nuevo trabajo, un nuevo gimnasio o cuando conocemos a nuevos amigos, queremos caer bien para ser aceptados y poder formar parte del grupo, algo necesario para nuestra autoestima.

El problema surge cuando esta necesidad de agradar nos hace traicionarnos a nosotros mismos, hacer cosas que van contra nuestros principios, que nos resultan humillantes o incluso desaparecer y anularnos como persona. Actuamos así porque dependemos emocionalmente del hecho de caer bien y agradar a los demás, de lograr que ellos tengan una buena opinión de nosotros.

Si cuando vas a una tienda compras lo que sea si el vendedor es un poco agresivo, o pides perdón y dices lo siento por todo, o cambias tus opiniones para que coincidan con las de los demás y así evitar ser rechazado, tu necesidad de agradar es excesiva.

Lo más saludable desde el punto de vista psicológico es encontrar el equilibrio entre agradar a los demás y no traicionarnos a nosotros mismos.

¿Cómo se logra esto? En primer lugar, tomando conciencia de esa necesidad de agradar. Después, podemos ensayar la desaprobación para dessensibilizarnos a ella, buscando, dentro de unos límites racionales, la desaprobación de los demás, desde situaciones que nos causen menor ansiedad a aquellas que nos sea muy difícil superar. Con la práctica, aprenderemos que la aprobación y la desaprobación de los demás es algo cotidiano y que no deberemos sobrestimar la primera y temer la segunda.

También es importante aprender a expresar nuestras opiniones con seguridad, incluso arriesgándonos a ser contradichos. Evitar palabras como “supongo, imagino, pienso” y expresar hechos, siempre respetando al interlocutor, nos ayudará a, poco a poco, sentirnos más seguros de nuestras ideas, opiniones y sentimientos.